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Efemérides de San Fernando de Henares. 6 de enero. Miguel Hernández detenido en San Fernando de Henares

 6 de enero de 1936


Miguel Hernández detenido en San Fernando de Henares




Detenido en San Fernando del Jarama por encontrarse indocumentado. Días después, un amplio grupo de intelectuales publica un manifiesto en contra de su detención en El socialista. Algunos testimonios aseguran que después de este incidente se afilió al Partido Comunista. En julio de 1935, un joven llamado Miguel Hernández paseaba por el río Jarama (San Fernando de Henares) con la pintora Maruja Mallo, antigua amante de Rafael Alberti y con quien el poeta de Orihuela mantenía una turbulenta relación amorosa. Una pareja de la Guardia Civil los detiene.

Un episodio poco conocido es la detención de Miguel Hernández, el 6 de enero de 1936, en San Fernando de Henares (llamado de Jarama en aquellos años) por parte de la Guardia Civil que sospechó de su aspecto y le llevaron detenido acusándole de ladrón y terrorista. En el cuartel de la Guardia Civil le dieron una paliza con el fin de que confesara sus supuestos delitos.

Cuando por fin le dejaron llamar por teléfono, el poeta pidió entonces ayuda a su amigo Pablo Neruda, cónsul de Chile. Tras ser liberado “sin darme ninguna explicación” acude a Rafael Alberti y María Teresa León. En aquellos momentos ve claro que se debe afiliar al PCE. Y se dirige a ellos con estas palabras: Estoy con vosotros. Lo he comprendido todo.

Miguel se lo contó todo por carta a Josefina, su mujer, “y sin darme ninguna explicación ni disculparse me dejaron libre. Comprenderás que desde aquél día tengo odio a la Guardia Civil, menos a tu padre, Josefina…”


Miguel le cuenta con pelos y señales lo que acaeció aquella tarde. Sin embargo, se le olvida apuntar un mínimo detalle: que no andaba solo, que aquella tarde le acompañaba su amiga Maruja Gallo.

Esta detención originó un movimiento de protesta con un texto colectivo de sus amigos poetas contra los abusos que ejercían las fuerzas del orden. El manifiesto estaba encabezado por Federico García Lorca y contaba con las firmas, entre otros, de José Bergamín, José María Cossío, Pablo Neruda, Rafael Alberti, María Teresa León, Arturo Serrano Plaja, Antonio Espina y Ramón J. Sender.

Recientemente se celebraron dos mesas redondas para hablar de la obra del poeta. Una de ellas contó con la participación de Julio Rodríguez Puértolas, Alicia Martínez y David Becerra. Y en la otra intervinieron Matías Escalera, Mirta Núñez y Jaime Ruíz.

Según sus autores, esta obra “pretende devolverle a Miguel Hernández el compromiso político y social; pero no estamos ante una biografía cerrada, que dé respuestas definitivas sobre la vida y la obra del poeta. Busca formular nuevas preguntas alrededor de su vida personal, de sus relaciones familiares, de su producción literaria y se su militancia política. Se trata de marcar un nuevo punto de partida”.

Con la presentación de esta biografía, editada por El Páramo y la Fundación de Investigaciones Marxistas, el Ayuntamiento de San Fernando de Henares concluye una serie de actos de homenaje en este año del Centenario del nacimiento de Miguel Hernández.

Hernández iba desaliñado, calzaba espardeñas (alpargatas) y no llevaba la célula de identificación: “Soy escritor”, les dijo. Mientras lo trasladaban al cuartelillo, un agente de la Benemérita le espeta: “Si no es por aquella mujer, te dejamos seco”. Luego, le atizan en la cabeza con las llaves de su casa.

Desde el calabozo, Hernández llama al cónsul chileno para que lo ayude: era Pablo Neruda que junto con Vicente Aleixandre y José María de Cossío fueron sus padrinos literarios cuando el poeta llegó de Orihuela a Madrid. Aquello ocurrió en el denominado Bienio Negro y se atisbaba ya una España dividida y prebélica.

Los intelectuales de la época publicaron entonces un manifiesto en defensa del “joven poeta”, según narra Ian Gibson en su libro Cuatro Poetas en Guerra, un estudio sobre las represalias que Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca y el propio Hernández sufrieron por su lealtad republicana.

Josefina Manresa

Poco después, Hernández enviaría una carta a Orihuela cuya destinataria era su novia Josefina Manresa, costurera e hija de guardia civil. Mantenían ambos un noviazgo epistolar y a distancia.

El poeta, primero le pediría a Josefina que se separaran; luego, cuando su relación con Maruja Mallo lo destrozó sentimentalmente, le reclamó epistolarmente al padre de la joven, Manuel Manresa, retomar la relación con aquella mujer débil y quejumbrosa, como la definía Hernández; débil sí, pero la que sería uno de los sostenes poéticos del escritor en los siguientes años. Estaba a punto de estallar la Guerra Civil.

Cuando la violencia tiñe de sangre una España ya partida en dos, los asesinatos de sacerdotes se producen al mismo tiempo que los fascistas fusilan a intelectuales y campesinos. Miguel Hernández entonces recibe trágicas noticias.

El poeta retorna de Madrid y se debate en un dilema. Está con la República, pero el guardia civil que han matado esta vez es el padre de su novia. Otro acontecimiento le sobrecoge: el fusilamiento al alba, por gatillos fascistas, de su admirado Federico García Lorca. Miguel Hernández toma una postura irrenunciable.

La guerra

Así esboza Ian Gibson este fragmento biográfico de Miguel Hernández, que se expande hasta situarnos en la Guerra Civil, contienda que descuartizó en dos España, hasta la llegada de la dictadura franquista. Sin embargo, es un fragmento que también nos remite a la suposición de que la poesía hernandiana tuvo, de manera cierta, tres musas, según algunos críticos literarios. Josefina fue una de ellas.

“Pero no es verdad que sólo piensa en Josefina. Piensa en la guerra, en su deber”, narra Ian Gibson en su libro. El pasado biográfico es conocido. Hernández lucha en el bando republicano. No fue un poeta para las fotos de propaganda.

Desde el frente, y en las trincheras, mantenía una intensa correspondencia con su novia. Cuando el poeta, ya reconocido como un adalid antifascista, regresa a Orihuela, es para casarse en matrimonio civil con Josefina. Ella iba de negro luto; él con traje militar. El resto es Historia.

El poeta pastor se convierte en poeta comprometido y poeta soldado. Nace su primer hijo (“He probado tu vientre de amor y sementera”, le escribiría en verso a su amada). Pierde la guerra y sufre la muerte de su hijito (“En la cuna del hambre/ mi niño estaba/ con sangre de cebolla).

Cuando nace su segundo niño, Manuel Miguel, el franquismo y la represión gana la partida (“Cada vez que lo miro en la fotografía, lo encuentro más hermoso y más parecido a ti. Y miro la del otro hijo que se nos fue y entonces me veo a mí”, confesaría en una de sus cartas a su esposa).

La cárcel

Encarcelan al poeta soldado, lo excarcelan. Regresa a Orihuela; lo delatan, lo detienen, acusan y condenan a muerte; le condonan la pena capital, pero la cadena perpetua en las inhumanas cárceles del franquismo es casi una lenta ejecución: Palencia, Penal de Ocaña (Toledo) y, finalmente, el Reformatorio de Adultos de Alicante. La tuberculosis en un frío noviembre de principios de los años 40 lo estaba torurando. Poco a poco, la enfermedad acabaría con él y con su poesía.

Antes, Miguel Hernández mantendría desde la reclusión una intensa correspondencia con Josefina, cartas escritas, desde la penuria, incluso en papel higiénico. Sabedor entonces de que su matrimonio civil y su paternidad no serían reconocidas por el nuevo régimen franquista, opta por casarse por la Iglesia.

Era marzo de 1942 y el gesto del poeta tiene poco de convicción religiosa y más de seguridad jurídica. Postrado en la camilla de aquella enfermería carcelaria, casi moribundo, el poeta balbucearía el sí quiero a Josefina. Poco después: la muerte.

En un inusual gesto, el director del reformatorio de Alicante permite que los compañeros de celda puedan desfilar para despedir la mortaja del poeta de Orihuela. La banda de música de la institución carcelaria también interpreta la “Marcha Fúnebre” de Chopin. Unos familiares y Josefina se harían cargo del ataúd.

Días antes, en una carta a un allegado, la esposa de Miguel Hernández había escrito que ella había conseguido el dinero suficiente para pagar el funeral y el nicho de su marido: no quería que los restos del poeta sufrieran el mismo destino que los de Federico García Lorca.


Miguel Hernández Gilabert descansa en el nicho 1.009 del cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante. En Alicante, el 28 de marzo de 1942, murió el poeta, dramaturgo y periodista nacido el 30 de octubre de 1910 en Orihuela. Su obra poética fue guiada, quizás, por tres musas (Josefina, la guerra y la cárcel).
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