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Efemérides de San Fernando de Henares. 25 de enero. Nacimiento de Pablo Antonio José de Olavide y Jaúregui

25 de enero de 1725

Nacimiento de Pablo Antonio José de Olavide y Jaúregui
(Primer director del Hospicio de San Fernando)


El 25 de enero de 1725 nacía en la capital del Perú Pablo de Olavide y Jáuregui, primogénito de la familia del hidalgo navarro Martín de Olavide -contador mayor del Tribunal de Cuentas de Lima- y María Ana de Jáuregui. Era su madre hija del capitán sevillano Antonio de Jáuregui, avecindado en Lima, que había casado con una joven limeña, María Josefa. Dos hermanas tuvo nuestro hombre: Micaela y Josefa.
Fue bautizado en la parroquia del Sagrario el 7 de mayo siguiente con el nombre de Pablo Antonio José, siendo apadrinado por su tío materno Domingo de Jáuregui, que habría de jugar un papel importante en su vida.

Antes de los diez años estaba ya el niño estudiando en el Real Colegio de San Martin, de Lima, dirigido por los jesuitas. Inteligente y precoz, a los quince años se graduó como Licenciado y Doctor en Teología por la Universidad de San Marcos, en la que dos años más tarde -después de alcanzar el doctorado en ambos Derechos- era catedrático, por oposición, en la Facultad de Teología.
A este meteórico ascenso en la carrera universitaria hay que añadir su participación en la vida jurídica del país, ya que fue recibido como abogado en la Real Audiencia de Lima en 1741, de la que llegó a ser nombrado Oidor en 1745, después de haber jurado el cargo de asesor jurídico del Ayuntamiento limeño. En opinión de Aguilar Piñal, tal encumbramiento antes de haber cumplido los veinte años de edad, por fuerza había de responder a otros "méritos" que los puramente intelectuales y académicos. Quizás pudiera explicarse por el alto cargo que ostentaba su padre, las indudables influencias de la alta burguesía en cuyo seno se desenvolvía la familia Olavide, y la protección de los jesuítas a su antiguo colegial. Pero también es cierta y conocida la venalidad de los cargos, la corrupción administrativa y la arbitrariedad de la jerarquía civil, y aun eclesiástica, en los virreinatos americanos, tal como son descritos por Jorge Juan y Antonio de Ulloa en las Noticias secretas dirigidas al marqués de Ensenada, e inéditas en España hasta 1918.

El terremoto de 28 de octubre de 1746, que destruyó casi por completo la ciudad de Lima, revelaría la personalidad de Olavide, de conciencia poco escrupulosa en sus primeros años, más atenta entonces al bien propio que al de sus semejantes, lo que atormentaría su espíritu hacia el final de su vida. 

En estas circunstancias se aprovecharía de la situación, como hizo su mismo padre, para enriquecerse. Había sido designado por el Virreinato para administrar los bienes de los fallecidos en el terremoto. Sin embargo, parece que utilizó parte de este patrimonio de los muertos en construir el primer teatro de la capital peruana. Para agravar más las circunstancias, con su pensamiento racionalista, intentó consolar a las víctimas del sismo con explicaciones científicas de ese fenómeno natural, lo que no gustó nada a la autoridad eclesiástica.

El padre de Olavide huyó a España, dejando muchas deudas y un enorme depósito de paños castellanos sin pagar, con los que antes comerciaba. El hijo liquidó todas esas mercancías pero no pagó las deudas que había heredado, alegando la muerte de su progenitor. 

En tal situación, el perjudicado era su tío Domingo de Jáuregui, que había firmado como fiador de su "difunto" cuñado. Decidido a no perder su dinero ordenó una investigación en las cuentas de su sobrino, comprobando la existencia de más de 40.000 pesos, concedidos en calidad de préstamo a un armador de barcos. Salió entonces en defensa de Olavide el marqués de Casa Calderón, Regente del Tribunal de Cuentas, intentando salvarle con una torpe mentira, que fue pronto descubierta. 

Previendo su desgracia, Olavide da los más pasos más graves: soborna al inspector de sus cuentas y destruye el acta notarial del préstamo, arrancando la hoja del libro de registros. La tempestad parece calmada, pero el Consejo de Indias actúa con firmeza. El notario es encarcelado y Olavide y Casa Calderón son desterrados a 15 leguas de Lima. La sentencia estaba fechada el 14 de octubre de 1750.
Pero Olavide ya no estaba en Perú. En septiembre de 1750 había embarcado rumbo a España, aunque con detenidas escalas en varios puertos de la costa sudamericana, donde afianzó su pingüe negocio. Llegó, por fin a Cádiz, en junio de 1752, desde donde pasó a Sevilla y Madrid con cartas de recomendación de su "íntimo amigo" el marqués de la Cañada, unido a él, sin duda, por lazos comerciales.

No debemos perder nunca de vista esta doble personalidad del futuro "afrancesado", que explicará tantos aspectos fundamentales de su actuación posterior, y provocará los tendenciosos comentarios de algunos historiadores, que intentan justificar con ello las persecuciones que hubo de sufrir Olavide en su azarosa y casi novelesca historia.

La llegada a Madrid en octubre de 1752 no fue nada afortunada. El fiscal de Indias proseguía la investigación de la causa, y ordenó el 19 de diciembre de 1754 el encarcelamiento del peruano y la confiscación de todos sus bienes. Al poco tiempo fue puesto en libertad condicional por razones de salud. Hubo, en un principio, la pretensión de dar en él un duro escarmiento a la corrompida administración colonial, pero después de muchas deliberaciones -y gozando ya Olavide de libertad provisional- se determinó imponer un perpetuo silencio a la causa, en mayo de 1757, no sin antes condenarle a la suspensión de su cargo de Oidor de Lima por una duración de diez años y a mantener la confiscación de cuanto poseía .

Pero la novelesca biografía del inquieto peruano no había hecho más que comenzar. Antes de ser dictaminada la sentencia anterior, Olavide había dado dos afortunados pasos en su pintoresca existencia: su ventajoso matrimonio y el ingreso en la Orden de Santiago, la más ilustre de las Ordenes militares españolas.

Mientras permanecía en libertad condicionada, bajo la fianza de su tío Domingo de Járegui, en el pueblecito madrileño de Leganés intimó en sus relaciones con una acaudalada viuda cincuentona, Isabel de los Ríos, quien, aun antes de unirse sacramentalmente con el apuesto criollo de treinta años, le hizo donación de toda su fortuna, modificando así, radicalmente, el destino de Olavide.

Con este dinero pudo, en efecto, pagar las elevadas tasas de ingreso en la Orden de Santiago, buscando un acercamiento a las clases privilegiadas de la Corte, que le habría de servir para sus ambiciosas pretensiones. Pero, además, esta desahogada posición económica le permitió seguir dedicándose a importantes operaciones comerciales y a realizar un querido deseo de juventud: viajar detenidamente por Europa (aunque esto llevase implícito el abandono temporal de su generosa y reciente esposa).

Durante sus prolongadas estancias en el extranjero (entre 1757 y 1765) entró en contacto con la alta burguesía comercial de Francia y de Italia. Visitó Marsella, Lyon, Florencia, Roma, Nápoles, Venecia, Padua, Milán y finalmente París, donde se estableció, no sin antes detenerse varios días en "Les Délices", como huésped de Voltaire, por quien sintió una admiración nunca desmentida. 

En estos viajes reverdecía su espíritu vanidoso, de escasos escrúpulos, haciéndose pasar por sobrino del Virrey del Perú y marqués de Olavide o conde Pilos, siempre respaldado por la credencial de sus ventajosos tratos comerciales y de su lujoso tren de vida. En suma, en estos años, como viajero activo y eficaz, se pone al día de cuantos adelantos técnicos y económicos hacían de Francia la nación más brillante de Europa. 

Su "afrancesamiento" es un hecho indiscutible, que condicionará su futura actuación en los medios "ilustrados" españoles.

El primer motivo de recelo de la Inquisición hacia la persona del enriquecido peruano fue de orden intelectual. En 1768 llegaron al puerto de Bilbao 29 cajas de libros franceses, con un total de 2.400 volúmenes, entre los que figuraban muchos prohibidos, incluso para quienes poseyeran licencia especial. 

El destinatario era Olavide, quien los hizo reexpedir a Sevilla, a su nuevo domicilio del Alcázar. Con esta base inicial y las sucesivas compras en el extranjero de novedades bibliográficas, más la suscripción a las Gacetas más importantes de París, Leiden y Amsterdam, el Intendente, Asistente y colonizador se procuró una información de primera calidad y continuó en la península su proceso de afrancesamiento, tan pernicioso a los ojos del Santo Oficio. 

Como hace destacar Defourneaux, estudiando el catálogo de su biblioteca: "compró todo lo que se leía en los géneros más diversos, desde las grandes obras que jalonan la evolución intelectual del siglo, hasta los éxitos del día, las obras de los novelistas en boga que duermen hoy, olvidadas, en los estantes de las grandes bibliotecas públicas". Precisamente esta figura de intelectual "a la moda", insólita en los anales de la política española, atraía las miradas suspicaces, la murmuración y el recelo del espíritu inquisitorial, tan arraigado en ciertas capas de la sociedad del antiguo régimen.

En 1762 el abogado don Pedro Rodríguez Campomanes es nombrado fiscal del Consejo de Castilla, cargo desde el cual hará oír su voz, erudita y firme, con un sentido innovador que tropezaría en múltiples escollos de intransigencia fanática o interesada. Campomanes y Múzquiz -el ministro de Hacienda- hacen amistad con Olavide, y cuando llega al poder el conde de Aranda en 1766, tras el motín de Esquilache, recomiendan el nombre de don Pablo, cristalizado ya en la alta sociedad de la corte, para incorporarlo a las tareas de gobierno, al frente del Hospicio que se había proyectado para recoger a pobres y vagabundos:
"Como al principio se creyó que los que habían dado más crédito y fomento al alboroto eran los vagos y los mendigos, de que estaban las calles infestadas, se acordó que convendría encerrarlos a todos en una casa fuerte donde estuviesen recogidos y donde, aplicados a fábricas, se convirtiesen en hombres útiles. Esta confianza parecía en aquellas circunstancias difícil y de mucha importancia. A mí me la dieron"
Así se expresaba Olavide, con palabras que transcribe Defourneaux. Esta política de encierro como solución a un problema social de inadaptación, en un momento de grave crisis laboral, es típicamente despótico y responde a una mentalidad de la época, todavía clasista y autoritaria.

Con este motivo ocupa el criollo limeño, perseguido y encumbrado a un tiempo, su primer cargo político. El 27 de mayo de 1766 inspecciona, en compañía del conde de Aranda, la residencia real de San Fernando (a dos leguas de Madrid), lugar elegido para la instalación del nuevo Hospicio general. Al mes siguiente se hacía cargo también del Hospicio que ya funcionaba en Madrid.

Con el celo y entusiasmo que puso siempre en las tareas encomendadas, activó de tal manera el funcionamiento de ambos centros que en el mes de septiembre ya tenía recogidas más de mil personas en San Fernando, a las cuales dio ocupación según su sexo y condición. Las mujeres eran empleadas en trabajos de costura; los ancianos y jóvenes en las dieciséis máquinas de hilar y tejer que instaló dos meses después; los varones maduros colaboraron en la renovación del edificio. Los enfermos o inválidos permanecieron en el Hospital de Madrid.
Gracias al éxito de su gestión como director del Hospicio madrileño, Olavide se había granjeado a los pocos meses la admiración y simpatía popular. Esto se tradujo en la elección que recayó sobre él, a comienzos de 1767, como "síndico personero" del Ayuntamiento de Madrid. El rey aceptó la compatibilidad de ambas funciones y el 5 de enero juró su nuevo cargo.
La escasez de españoles preparados para las tareas de gobierno iba a resultar favorable al dinámico americano, que veía crecer vertiginosamente la estima y confianza que en él depositaban el rey de España y sus ministros. Aureolado por su fama de buen conocedor de las novedades que alentaban el progreso europeo, Olavide vino a ocupar sucesivamente puestos de gran responsabilidad, para los que no se hallaba a nadie capacitado, con suficientes garantías de éxito.


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